sábado, 1 de diciembre de 2018

Una boca cerrada y un corazón en silencio - A.W. Tozer

"Se enardeció mi corazón; En mi meditación se encendió fuego, Y así proferí con mi lengua..."

La oración entre los cristianos evangélicos siempre está en riesgo de degenerarse en una carrera glorificada. Casi todos los libros sobre la oración tratan con el elemento "recibir" principalmente. El cómo recibir las cosas que queremos de Dios ocupa la mayor parte del espacio. Aunque admitimos con gozo que podemos pedirle a Dios y recibir dádivas y beneficios específicos en respuesta a nuestras oraciones, nunca debemos olvidar que el nivel más elevado de oración no es hacer una petición.
La oración en el momento más sagrado es entrar a las puertas de Dios a un lugar de tan bendita unión que hace que los milagros palidezcan y las respuestas excepcionales a las oraciones parezcan algo muy lejos de asombroso en comparación.

Los hombres santos de tiempos más sobrios y tranquilos que los nuestros conocían bien el poder del silencio. David dijo, "Enmudecí con silencio, me calle con respecto de lo bueno; Y se agravó mi dolor. Se enardeció mi corazón dentro de mí; En mi meditación se encendió fuego, Y así proferí con mi lengua". Hay un consejo aquí para los profetas de Dios en la actualidad. El corazón raramente se enardece cuando la boca está abierta. Una boca cerrada ante Dios y un corazón silencioso son indispensables para la recepción de ciertas verdades. Ningún hombre está calificado para hablar si antes no ha escuchado.

"Señor, enséñame a cerrar mi boca. Amo predicar; me has dado oportunidades de enseñar; soy llamado a dispensar consejo y sabiduría. Pero sentarme en silencio ante Ti, con mi boca cerrada, no lo hago tanto como debería. Amén."

A.W. TOZER


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